martes, 15 de diciembre de 2009

Festín de cadáveres




Entre delirios y sangre, narcóticos sagrados hacen expandir en las sombras la mente alucinada. El cementerio centellea con extrañas luces grises y mi alma se extasía en el sádico resplandor de la carne desgarrada. Bajo la luz de la luna, las esculturas mortuorias Observan silentes nuestra orgía gastronomica. Despedazando lo inmundo, tragando los deseos, blasfemando a la muerte. Devorando sin pensar nuestra existencia fantasma. Los dientes llenos de carne podrida, ¡amigos somos de los gusanos! Que corroen nuestros cuerpos pecadores, generando con nuestra carne vida nueva. Pálido nuestro rostro mojado por la roja sangre del delirio. La majestad de la muerte alimenta nuestros cuerpos, su descomposición química, su mano que todo lo envejece hasta podrirlo, marchita con su rose las flores y desvanece la juventud con el reflejo de su espejo, y al mirarnos, vemos nuestras caras descarnadas y la carne pendiendo del mentón. Con Los gritos y el aullar de los demonios funestos nos devoramos en romántico deseo, y el dolor al comernos nos hace inmortales. ¡Somos necrófagos! amigos de comer carnes descompuesta y beber sangre coagulada. El festín de las copas sobre lapidas horadadas, la enorme mesa redonda de los homúnculos descansa sobre tumbas centenarias. Y al amanecer solo quedan cenizas y huesos, y un cuerpo arrullado al lado de un frió epitafio, que ebrio en demasía de alcoholes, duerme tranquilo en los valles de la muerte después de una extraña canción espectral.